Terry Gilliam, el Quijote de Hollywood

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Terry Gilliam, el cuentacuentos

Terry Gilliam revivió a Don Quijote: Fear and loathing in La Mancha

Si le dices a alguien con menos de 30 años que vas a ver la última peli de Terry Gilliam probablemente asistas en directo a un ictus mientras intenta recordar de qué le suena el nombre. Terry Gilliam es uno de esos nombres que nunca salen en un Trivial pero que están en todas las salsas.

En sus orígenes conocido como el Monty Python americano era, sin duda, el que menos tiempo de pantalla acumulaba en ‘Flying Circus’ (la serie de televisión que lanzó al olimpo del humor al quinteto “británico” y a este histriónico primo del otro lado del mar). Sin embargo su mano, nunca mejor dicho, era la que ayudaba a hilvanar los sketches con unas animaciones totalmente disparatadas hechas a partir de fotografías en blanco y negro e ideas muy muy locas.

Cuando los Python iniciaron su acercamiento a la pantalla grande, al acabar Flying Circus, Gilliam se conjuró con Jones (el otro Terry del grupo) para presentar una sucesión de gags y ridículos sobre la leyenda artúrica que contiene los diálogos y situaciones, bajo mi punto de vista, más brillantes y mordaces del grupo hasta que ‘El Sentido de la Vida’ logró acercarse casi una década después.

Tras este primer largometraje Jones firmaría el resto de películas de los británicos mientras Gilliam se dedicaba a sus proyectos personales que nos dejarían películas, casi siempre, con una fuerte impronta onírica y surrealista. Gilliam demuestra que por encima del prestigio él desea llevar sus proyectos a cabo a su estilo y sin depender de las decisiones de producción o distribución de ningún estudio, lo que sin duda es algo refrescante en una época en que recordamos más si una película es de Disney o Warner que el nombre de su director.

Declarado admirador de Bergman, Kurosawa y Kubrick, su pasión por la historia y leyendas medievales y arábicas fue lo que le hizo afincarse en Europa, donde comenzó su carrera como director hasta convertirse en un objeto de deseo para Hollywood. Su primera película “sin” los Python fue “Jabberwocky” (traducido en España como La Bestia del Reino) narra la clásica historia del don nadie tomado por héroe por virtud de alguna leyenda mal interpretada.

¿Bgian? No, no me suena, ¿por?

Tras ella llegó el éxito que le pondría en el punto de mira de los grandes estudios “Time Bandits” (Los héroes del tiempo), con un reparto verdaderamente estelar entre los que destaco a Ian Holm, Sean Connery o Shelley Duvall. Este film comienza lo que él llama la “trilogía de la imaginación”. La historia cuenta como un niño aficionado a leer literatura fantástica se encuentra arrastrado en una épica aventura a través de la historia y el tiempo por 7 enanos que huyen de su jefe tras haberle robado el mapa de agujeros del tiempo con el que llegaron a su habitación. Si bien contó con importantes medios para la época no cabe duda de que los efectos han envejecido mal, pero lo compensa con creces por su originalidad.

El enorme éxito de Time Bandits hizo que Hollywood le reclamase para realizar allí sus proyectos, sin embargo el primero de ellos le hizo enfrentarse al sistema de producción, y pese a conseguir estrenar “Brazil”, una sátira de 1984, en el circuito de grandes producciones, sus resultados de taquilla no fueron los esperados lo que a Gilliam le dio absolutamente igual, satisfecho con haber logrado colar una producción “europea” en medio de los grandes estudios. Podríamos decir que Gilliam se comportó como su protagonista, luchando contra los controladores orwellianos de su sector.

Tras la historia infantil de Time Bandits y la adulta de Brazil llegó la obra del hombre en decadencia para cerrar la trilogía con “Las aventuras del Barón de Munchausen”, remotamente basada en el personaje creado en el siglo XVIII por Erich Raspe. Cuenta con algunos nombres relevantes o que lo serían en breve como Robin Williams y Uma Thurman. Con ella Gilliam se reconcilió con el público americano y siguió fascinando al europeo.

Gilliam
Peliculón de Gilliam, hazme caso

Y casi sin respirar comenzó el rodaje de su película más introspectiva “El rey Pescador”. De nuevo con Robin Williams, en un papel que le valdría su segundo Globo de Oro, Gilliam nos actualiza aquí el viejo rol shakespeariano del bufón-guía que en su aparente locura revela la verdad que se oculta tras nuestras percepciones y autoengaños sobre nuestras vidas.

Cuatro años después Gilliam, en un momento dulce de crítica y público abordó la que probablemente sea su película más conocida en España. Con Bruce Willis y Brad Pitt, en el mejor papel de su carrera, como protagonistas nos dejó la imborrable “Doce monos” una historia de viajes en el tiempo, paradojas, demencia y apocalipsis con un ritmo narrativo arrollador, unos créditos imposibles de olvidar y un tema principal que recuerda  de una forma sincopada, macabra y desasosegante al Libertango de Astor Piazzolla, simplemente soberbio.

Tras este enorme éxito llegó la cuesta abajo, tras la no tan valorada “Fear and loathing in Las Vegas” (Miedo y asco en Las Vegas), con Johnny Depp y Benicio del Toro dándolo todo en una adaptación del viaje por las drogas del periodista Hunter Thompson por Nevada, entramos en el siglo XXI con películas que acumularon un fracaso tras otro en taquilla: “Los Hermanos Grimm” (apenas cubrió lo invertido), “Tideland” (recaudó apenas un 4% de su presupuesto), “El imaginario del Doctor Parnassus” (un pequeño alivio que incluso obtuvo nominaciones a los Oscar), “Teorema Zero” (de la que no hay datos sobre su presupuesto, pero que apenas recaudó 750.000 dólares) y por fin la obra en la que ha volcado dos décadas de su vida “El hombre que mató a Don Quijote”.

Gilliam
-Todo eso, amigo Sancho, antes era campo
-Sigue siendo campo
-¿A que te quedas sin ínsula?

La idea toma forma a la vez que Gilliam está preparando Miedo y Asco en Las Vegas, pero los calendarios de producción de Depp hacen que este proyecto sea inaplazable, por lo que debe esperar a finalizarlo para poder dedicarse al caballero de la triste figura. Estos impedimentos se cronificaron en 8 intentos fallidos de rodaje en los 19 años siguientes.

El primero de ellos fue en el año 2000 en Navarra con Jean Rochefort como Don Quijote y Johnny Depp como Toby con su pareja entonces, Vanessa Paradis, como Dulcinea. Fueron las causas naturales las que arruinaron el equipo de rodaje y posteriormente la enfermedad de Rochefort y otros problemas administrativos dieron al traste con el proyecto, aunque de sus desgracias salió el documental “Lost in La Mancha”.

Entre 2005 y 2015 Gilliam insistió en sacar adelante el proyecto, que era su afán personal, mientras se tambaleaba en las taquillas con las películas antes mencionadas. Pasaron por sus manos como Quijotes actores tan dispares como Robert Duvall o John Hurt para el papel del hidalgo, incorporando a Ewan MacGregor como sustituto de un Johnny Depp que se desvinculó de la producción. Finalmente la enfermedad de Hurt y la dificultad para lograr los fondos y un calendario de rodaje hicieron caer uno tras otro cada intento de Gilliam.

En 2016 en Cannes parece que de nuevo el proyecto ve la luz verde, el trío protagonista sería Palin (que aparece como comodín para Don Quijote cada vez que se reinicia la producción), Adam Driver y Olga Kurylenko, pero todo quedó en nada cuando no se consiguieron los fondos necesarios. Finalmente la entrada de la productora española Tornasol Films y varios inversores de países europeos conseguirían que se iniciase el rodaje, aunque con Jonathan Pryce como Quijote el resto del reparto se mantenía.

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Gilliam con el deber cumplido

El producto final es una película de Gilliam, sin duda muy personal, dotada de esos elementos mágicos que tanto le gustan y con una narración fluida que te deja continuamente fuera de lugar ya que es imposible seguir el ritmo a sus cambios de humor.

No es sólo que el proyecto naciera en paralelo a Miedo y Asco en Las Vegas si no que, para mí, son historias paralelas. Una guiada por las drogas y otra por la locura, ambas nos muestran la degradación psicológica de un individuo como algo de lo más natural, algo que puede acontecer sin apenas darnos cuenta (seamos actores o espectadores) mientras nuestra vida pasa por delante burlándose.

Es un magnífico homenaje a la inmortal obra de Cervantes y a la vez es una gran burla de la misma. Esa burla que Gilliam siempre usa para analizar las cosas, con el propósito de que paremos a pensar y nos demos cuenta de que no todo es tan sencillo, que no todo es lo que parece, que la apariencia es volátil y, eso sí, es una burla de nuestra vida complaciente y acomodada donde creemos saber la verdad.

Es una pena que la taquilla en nuestro país no haya acompañado a un proyecto en el que Gilliam también demuestra que puede hacerse cine sobre España desde una óptica ajena sin caer en los tópicos más rancios, dando con sus personajes una envoltura al guión realista, presente y perfectamente identificable con cualquier sociedad europea sin dejar de recalcar continuamente que la historia transcurre en La Mancha.

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