Quince millones de méritos – Reflexión sobre este episodio de Black Mirror

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Quince millones de méritos - Reflexión sobre este episodio de Black Mirror - Creative Katarsis

Quince millones de méritos y la absorción del sistema por sí mismo

Atención: este artículo contiene detalles importantes de la trama de Quince millones de méritos, el capítulo 1×02 de Black Mirror. ¡ALERTA DE SPOILERS!

El capítulo 2 de la primera temporada de Black Mirror, Fifteen Millions Merits, nos muestra una distópica sociedad futura donde los seres humanos están reclutados en centros de trabajo. Viven en recovecos cubiertos de pantallas, han de tragar ingentes cantidades de publicidad para sobrevivir –una hipérbole del sistema YouTubeniano llevado a su versión más intrusiva- y su única función es pedalear en bicicletas estáticas para proporcionar energía al sistema, y consumir entretenimiento vacuo, mientras todos los días pasan de la misma forma.

Armado con un pedazo de cristal, nuestro protagonista amenaza con suicidarse en medio de un Talent Show, en directo, exhibiendo una inesperada y explosiva capacidad retórica, un discurso loable y que supone una crítica certera y ofensiva contra su sistema social. Cuando el espectador se plantea, por un momento, que esto podría desencadenar un cambio en la forma de pensar de alguno de los espectadores, la realidad pulveriza toda ilusión: el individuo ha mostrado tal pasión que se le ofrece un programa semanal en el que soltar discursos de ese estilo, a la par que una vivienda algo más lujosa y desde donde, aparentemente, puede ver vegetación (aparentemente, porque podrían ser pantallas).

Al fin y al cabo, Quince millones de méritos trata de mostrarnos, no solo lo estéril que puede resultar un discurso certero sobre la sociedad corrompida, sino la facilidad que tiene el sistema para apoderarse del mensaje y, no solo resistir sus embestidas, sino hacer de estas uno de sus pilares, reforzando su estructura y convirtiéndolo en una opción de consumo más. El sistema es tan consciente de su superioridad que no pestañea a la hora de ofrecer el mensaje crítico a todo el mundo.

Las lecciones políticas que nos surgen desde esta base no son poca cosa: ¿hasta qué punto el sistema de capitales alimenta programas de voluntariado que atentan contra la propia filosofía de crecimiento indomesticable? O ¿no podría ser que la socialdemocracia fuera, al fin y al cabo, una forma que tiene el propio mecanismo de poder para perpetuarse, para decirle al elector que tiene una vía de <<consumo político>> que pueda dar salida material a sus inquietudes sin que en realidad cambie gran cosa?

Lo pernicioso, lo vil, lo que da miedo al espectador es precisamente que esta sociedad no nos resulta tan alejada de cómo podrían ser nuestras vidas futuras. Black Mirror siempre juega a eso (unas veces con más acierto que otras).

Más allá de las preguntas que están estrechamente relacionadas con una política partidista, cabe preguntarse: ¿cuándo llegará este momento? Sabemos –hemos sido advertidos por multitud de distopías ficticias, y estas no salen por arte de magia de la imaginación sin una base material mínima- que el futuro podría no pintar demasiado bien.

Es más, buena parte de nosotros ya lo tiene asumido. Pero lo que de verdad mata es la espera. ¿No podría ser, acaso, que ya estamos en un mundo utópico imaginado por algún escritor de ficción siglos atrás? ¿Acaso toda crítica al sistema no es absorbida por este, en su enorme poderío? Está claro que este poderío es inteligente. Si no, Zara no vendería camisetas con iconografía feminista. La izquierda ha de estar a la altura de estas estrategias, saber señalarlas y criticarlas con coherencia.

Lo paradójico de esto es que estas cuestiones planteadas vienen en base al visionado de una serie televisiva, un negocio, sin duda. Y sin embargo, han conseguido transmitir un mensaje que atenta contra su propia existencia, a sabiendas de que tiene su propio nicho de consumo. El hecho de que cierta demanda siga siendo receptiva a mensajes “anti”, tal vez sea un tenue faro en tan angosto mar embravecido.

¿Quieres algo más distendido? Prueba con las series de tu infancia 😉

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