Psiquiatría como recurso político de coacción en la posguerra

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Psiquiatría de coacción - Creative Katarsis

PSIQUIATRÍA COMO FORMA DE CONTROL SOCIAL EN EL FRANQUISMO

El miedo es una herramienta de control social tan eficaz que a estas alturas sería absurdo cuestionarla, multitud de gobiernos a lo largo de la historia han actuado  bajo esa premisa como estrategia política de enorme impacto. El régimen franquista de la posguerra no quiso desaprovechar ese vil instrumento, intuyó el potencial que podía ofrecerle la psiquiatría para dar una cobertura más amplia en la estigmatización del disidente y lo convirtió en un arma arrojadiza tan fácil de utilizar que asusta.

El franquismo dispuso de la politización de la psiquiatría a su antojo en su plan de higiene mental, el exilio de los psiquiatras afines a la república fue una práctica habitual durante décadas confrontando de manera palmaria con el ascenso imparable a puestos de relevancia de psiquiatras afectos a la causa.

Enrique González Duro, lúcido psiquiatra gallego, contundente y supurante de veracidad lleva años investigando y escribiendo sobre todo aquello. Numerosos libros y artículos sobre esta temática avalan la espiral de sinrazón que también se instaló la salud mental institucionalizada. 

El objetivo estaba claro, considerar y propagar el miedo al diferente elevando al absurdo de la patología social. Republicanos o no republicanos sin otra ‘patología’ que no estar a favor del régimen eran confinados en manicomios como el famoso de Miraflores en Sevilla, informes en blanco, perfidia consentida, no había nada ni asomo de peligro pero eso no importaba y había que eliminarlos. Era tan fácil como eso.

‘Ilustres eminencias’ como Vallejo Nájera, Juan José López Ibor… estaban de su lado, ideólogos y creadores de monstruos que no existían, hombres indefensos acorralados por la sinrazón organizada.

Intentaron crear una psiquiatría genuinamente hispánica, algo a todas luces descabellado, y si había que inventarse una esencia espiritual de la raza como coartada delirante ahí estaban ellos para darle validez disfrazados de verdugos de bata blanca promulgando incluso la necesidad de una psicoterapia exclusivamente nacional para tratar a los desviados sociales. Todo dicho.

El psiquiatra Juan Sánchez habla en su libro ‘La locura y su memoria histórica’ (Ediciones Atlantis)sobre la figura del perfecto verdugo  Antonio Vallejo Nájera, director de los aparatos psiquiátricos del Ejército, el ‘psiquiatra del régimen’, un émulo del nazi Mengele, el doctor muerte ibérico que creía en un paranoico gen rojo, separaba a hijos de sus madres para que no fuesen contaminados. El diagnóstico diferencial consistía en ‘o como ellos o enfermo’. 

Como dice Juan Sánchez: ‘El sistema manicomial era lo más parecido a una condena de por vida por no hablar de una muerte en vida’, ‘era peor que la cárcel, ya que de esta se acaba saliendo y no se pierden los derechos’.

Querían ganar, lo de menos era cómo y a qué precio. O estabas con ellos o te encerraban por patógeno social. Estrategia perfecta cuando tienes todo las facilidades coyunturales para ejecutar ese macabro plan patologizante.

No haber hecho nada no iba a salvarte. El salvoconducto era convertirse en un delator, cómplice silencioso y ominoso de sus tropelías y no preguntarte nada más. La desobediencia civil que proclamaba Henry David Thoreau era sencillamente inadmisible.

El peligro de que un estado intervenga en la libertad de expresión de sus ciudadanos sigue alarmantemente presente en la actualidad. Esa posibilidad de dejar al albur del gobierno de turno poderes tan decisivos nos convierte en individuos amenazados y dóciles.

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