Sobre la meritocracia del liberalismo

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Albert Rivera, exponente del liberalismo español

EL ESFUERZO INDIVIDUAL DEL LIBERALISMO

El liberalismo es una ideología socioeconómica que pone el énfasis en el individuo como motor de la economía y la sociedad. Su principal intención es defender los intereses individuales de cada persona, fomentando el emprendimiento competitivo y la iniciativa autómata.

En el plano económico se traduce en bajadas de impuestos, amnistías fiscales para grandes fortunas que han evadido esos “tax”, anteriormente, la defensa de la libertad individual en tanto que el Estado no debe intervenir en cuentas privadas, etc. Dependiendo del país, el liberalismo puede ser conservador o progresista, a menudo, rutilando entre uno u otro polo dependiendo de la manera que se pueda camelar mejor a la opinión pública. El ejemplo español es conservador, mientras que los liberales alemanes son más bien progresistas.

Podríamos decir que el liberalismo transmuta en lo social sin demasiadas contemplaciones, mientras que rige una radical manera de fomentar esa iniciativa empresarial individual. A menudo, esto supone la defensa de grandes conglomerados económicos, el hacer de cebo para millonarios, y la protección de empresas multinacionales frente a los designios de colectivos y sindicatos.

Una de las grandes falacias de esta ideología es el hecho de que, si un individuo se esfuerza, según su doctrina, dentro del capitalismo puede llegar adonde quiera, porque hay libertad. En el modelo liberal clásico, el empleado accede a la empresa siendo un paria, mientras que con su esfuerzo y dedicación va subiendo puestos hasta llegar a lo más alto de todo. En teoría, cualquiera podríamos ser millonarios (como el omniadorado Amancio Ortega, que como todo buen liberal sabe, empezó a coser en su garaje y gracias a su esfuerzo individual es el cuarto hombre más rico del mundo, ¿no?) siempre y cuando tuviéramos visión de emprendimiento, y no fuéramos unos malditos sindicados que lo único que hacen es quejarse…

Lamento contarles que toda esta retórica que afirma que los puestos de las personas vienen definidos por sus méritos y por los mercados financieros no son más que maneras de edulcorar la defensa de las grandes corporaciones, a menudo oligárquicas, y los intereses de los más ricos. Para ser honestos, no todos los liberales están a favor de los monopolios (muchos economistas apuestan por la competitividad de la mediana empresa), todo sea dicho.

En esta utopía del narcisismo individual, cualquier ayuda social del Estado es vista como una manera de generar incompetencias económicas en la clásica curva de oferta y demanda.

Lo cierto es que, tal y como lo vivimos quienes estamos gobernados por regímenes que toman medidas liberales, esto no es así. No voy a negar que el liberalismo genere riqueza, pues así es, efectivamente (aunque la mayoría solo la vean unos pocos, los de siempre). No obstante, su verborrea meritocrática es una falacia.

Desde un plano superficial, cualquiera que le preguntes quién lo tendrá más fácil, si, por ejemplo, el nieto del dueño del Corte Inglés o un empresario mediano, a la hora de acceder a un alto puesto, responderá que el hijo del padre, por supuesto. “Las cosas son así”, te dicen, mientras encogen los hombros. Lo son, sí, pero no deberían.

Los Estados que no controlan lo suficiente a las grandes fortunas a menudo tienen consecuencias relacionadas con el compadreo empresarial y gubernamental. Las grandes empresas, apoyadas con bajadas de impuestos, pueden ejercer una competencia desleal contra las pequeñas, muchas veces, obligadas a venderse a corporaciones. Los líderes de estas empresas son multimillonarios que esconden parte de sus fortunas en paraísos fiscales ante un sistema de persecución de evasores que se muestra con lagunas e insuficiente.

Mientras que en Chile, entre cinco y siete familias controlan más del 10% del capital nacional, en Francia, los diez más ricos tienen unos ingresos superiores al PIB de Grecia en 2014. Se genera dinero. Para pocos.

Si existe algo de coincidente en estos grandes personajes que amasijan las cantidades voluminosas de capital es su apellido. La mayoría son herederos de fortunas que les vienen de familias, una tradición de siglos que se viene dando desde que el mundo es mundo. Ningún Estado europeo parece tener un sistema de regulación de herencias que permita una adquisición del Estado para su reparto equitativo, al menos, la adquisición (expropiación si quieren usar términos marxistas) de una parte, pues obviamente, no de todo el capital.

Está claro que un banquero que se jubila pone al frente del banco a su hija, que el Presidente de una multinacional tiene a todos sus primos colocados, y que tu esfuerzo individual no te va a librar de verte despedido si la empresa pasa por malos tragos, con independencia de si los altos cargos, esa gente de traje y corbata que conduce Bugattis, ven aumentados sus beneficios año tras año.

El discurso del esfuerzo individual del liberalismo es un efecto placebo. “Si no has llegado más alto, es porque no te has esforzado lo suficiente.” Es echar la culpa al individuo por fallas sociales, pero también recompensarle por su suerte. El establishment carga los cimientos de una sociedad sobre los hombros de cada uno de nosotros, dejando en un segundo plano el cooperacionismo. Las empresas que más apoyan las bajadas de impuestos son las mismas que, en cuanto pueden, reducen salarios, aumentan los de los directivos, hacen despidos masivos (ERE), y atacan, tal y como hemos dicho, a los sindicatos. En el caso de las fábricas es aún peor: su deslocalización en países del Tercer Mundo hace que seguirles la pista legal sea muy complicado, tal y como nos narra Naomi Klein en “No logo: el poder de las marcas”.

UNA LLAMADA A LA CRÍTICA

Hay además, en quienes defienden la libertad del individuo por encima de todas las cosas, un cierto apego al darwinismo social, pues son elitistas en tanto que no consideran sus iguales a quienes no han tenido el mismo éxito que ellos, y también en tanto que piensan que pueden estar por encima de la ley (así, tenemos muchos casos de caciques que hacen trabas legales para maximizar sus beneficios, aunque eso suponga mantenerse en el límite de la legalidad).

Y si se dan cuenta, precisamente es esa gente la que se ampara en la ley cuando es capturada moviendo hilos de manera amoral. Es curioso cómo la gente se olvida de que la ley no la hace el justo, sino el poderoso, y de que nunca implica ética necesariamente. Si no, ¿por qué han existido leyes represivas hacia colectivos minoritarios a lo largo de la historia? La ley nunca va necesariamente unida a la ética. Es un “lo hago porque puedo”, en realidad.

Puede usted esforzarse cuanto quiera a la hora de estar en una empresa. Si no invita a su jefe a cenar, si no deja de sindicarse, si no posee una cantidad de dinero considerable, si no tiene un apellido “favorable”, si no le lame el culo al establishment, es muy improbable que ese esfuerzo se traduzca en ascensos (en ascensos que impliquen altos cargos directivos). Obviamente, hay muchas empresas en donde esto sí ocurre. La mayoría están relacionadas con el campo de la ciencia.

La clave está en entender que esa meritocracia del liberalismo no es la sacrosanta panacea que solucionará el desempleo ni hará que seamos todos Elon Musk, Hemos de entender que quienes más éxito tienen en una sociedad corrupta, no siempre lo han conseguido de manera justa, y que si nos quedamos atrancados en nuestra condición de individuos, sin apelar a la colectividad, estamos desnudos frente a los designios de las grandes corporaciones. Quizás sea lógico que desde su perspectiva, ellas miren para otro lado. No lo hagamos nosotres.

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