Bloodline: la serie en la que todos callan para sobrevivirse

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Bloodline - Crítica de la serie de Netflix

BLOODLINE: CRÓNICA DE UNA TRAGEDIA ANUNCIADA

Las primeras palabras que escuchamos en Bloodline funcionan de elocuente epítome de lo que vamos a presenciar, es la voz en off de John Rayburn, el hermano de ley, el hombre recto, el que vela por todos. Algo va a salir estrepitosamente mal y estamos avisados.

“A veces, sabes que algo va a pasar. Lo notas en el ambiente, dentro de ti, y no duermes por la noche. Una voz en tu interior te dice que algo va a salir estrepitosamente mal, y no puedes hacer nada para impedirlo. Eso mismo sentí cuando mi hermano volvió a casa“

Luego suena una melodía, una melodía inyectada de la destrucción que vamos a presenciar. Inquieta y seduce. No han pasado cinco minutos y ya lo sabes. Estás dentro. Atrapado en su fotografía hipnótica, las imágenes aéreas nos revelan un lugar idílico, un enclave construido para la felicidad. 

La serie creada por Todd A. Kessler, Glenn Kessler y Daniel Zelman cuenta con un reparto excelente, Kyle Chandler, Ben Mendelsohn, Linda Cardellini, Sam Shepard o Sissy Spacek, entre otros. Sobran las palabras. 

Bloodline - Crítica de la serie de NetflixLos Rayburn, una familia modelo que regenta un pequeño hotel rural en los cayos de Florida, querida en su comunidad, opulentos, intachables. Todo bien. Un perfecto simulacro de felicidad. Una prototípica gran familia americana. Y no. Todo bien y sin embargo todo mal. 

Una celebración familiar, el entorno paradisíaco, demasiado sol, buen rollo y supuesta alegría y un autobús que se acerca. En su interior viaja un detonador emocional. Regresa el hijo mayor, una especie de hijo pródigo malbaratado, una oveja negra cruzada de poro a poro por heridas infectadas, atormentando y maldito, arrastra en la mirada un dolor oscuro que palpita. Un tipo roto. Alguien que una vez, hace mucho tiempo, ya había perdido para siempre. Ese personaje es Danny Rayburn.  

Todos los seriéfilos hemos sufrido ese momento en el que se termina una serie que nos ha mantenido enganchados un largo tiempo. Ese chute sostenido de dopamina. Y el vacío extraño que te sorprende cuando la pantalla se funde a negro por última vez. ¿Y ahora qué? Por ejemplo. Bloodline, sello de Netflix. Heredera de nadie. Solitaria en su estigma. Un thriller psicológico de apariencia sencilla, sin alardes de acción pero tremendamente madura.

Pasó desapercibida, sin hacer ruido. Intrínsecamente no lo necesita. Su potencia está en otra parte. Su desasosiego avanza lento, imparable, sabiéndose indefectiblemente certero. Cuando estás dentro de la historia sabes que lo peor de todo nunca va a dejar de suceder, que el mecanismo de tragedia activado no va a detenerse hasta que todo haya sido destruido. Una verdad que in crescendo abre descarnada en canal a cada personaje. Aquí la belleza que se nos muestra al principio es solo un disfraz de vulnerabilidad. Ni siquiera una añagaza. Toda esa ilusión de belleza es necesaria. La historia empieza en la cima de una montaña rusa.

Si eliges subir es muy posible que ya no quieras bajar.

3 temporadas, 33 episodios camino de la verdad.

¿A ti qué te pareció Bloodline? Házmelo saber en los comentarios.

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