Fake News: el peligro de la posverdad y cómo actúan en nuestro cerebro

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Fake News: el peligro de la posverdad

Es bien conocido que los esquimales o inuit poseen innumerables formas de referirse al color blanco o a la nieve, pues en los paisajes helados del ártico es un requisito fundamental para su supervivencia. Por nuestra parte, los países hispanohablantes tenemos una gran cantidad de vocablos para definir a las noticias falsas creadas con mala intención o con el propósito de confundir, engañar, malmeter, desavenir o engrescar: chisme, bola, bulo, trola, trónica, filfa, pajarota, paparrucha, hablilla, jácara, patraña, etc. Supongo que somos terreno abonado para las fake news y el peligro que conlleva la posverdad.

El cerebro vago

Pensar es costoso, nuestro cerebro siendo el 2% del cuerpo humano consume un 20% de la energía del mismo. Procesar información nueva consume más energía que repetir patrones ya conocidos, por lo que tendemos a ser mucho más automáticos de lo que pensamos. Mediante el uso sesgos cognitivos el cerebro es capaz de procesar rápidamente la información entrante y reaccionar de forma inmediata, pero ello provoca muchas veces que el cerebro tome una decisión en lugar de nosotros mismos y posteriormente ya sí seremos nosotros quienes elijamos los argumentos que ratifiquen esa decisión.

Así pues nuestro cerebro funciona fatal cuando procesamos información, pero es que también lo hace fatal a la hora de generar recuerdos. Nuestro cerebro tiende a inventarse cosas, adornar nuestros recuerdos reales con detalles inexistentes, hasta llegar a recordar noticias que no hemos visto ni vivido porque son falsas, es el conocido “efecto Mandela”

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¿Eficiente o perezoso? El eterno debate

Además a esto hay que sumarle que la memoria a largo plazo está íntimamente ligada a las emociones, lo que se conoce como memoria emocional. Recordamos más las emociones que sentíamos en un momento dado que los hechos en sí mismos

Todo lo anterior provoca que cuando intentas hacer memoria tu cabeza empieza a fabricar artificios, recuerdos falsos o excusas. Y entra en funcionamiento otra debilidad de nuestro cerebro, la familiaridad. La cantidad de veces que escuchas algo influye muchísimo en cómo se almacena la información. Repetir afirmaciones falsas no sólo aumenta su credibilidad, si no que incluso sabiendo que algo es mentira, debilita nuestra seguridad.

La narrativa

Narrar es la manera que tenemos los seres humanos de estar en el mundo y entenderlo. Pero tiene un “lado oscuro”. Si el relato es sencillo, está bien articulado y apela a emociones concretas y potentes, puede hacerse pasar por real, sobre todo si encuentra terreno abonado para ello. Todos somos proclives a creer aquello que confirma nuestros prejuicios, y como hemos visto anteriormente, lo hacemos de forma inconsciente e inmediata, de forma que es a posteriori cuando nos autojustificamos

Las fake news son un conjunto de relatos, muchos de ellos básicos, consistentes en una estructura narrativa mínima (eslóganes), creados con la intención de manipular y engañar. Estos relatos alimentan el miedo y la ira, emociones fuertes (muy ancladas en nuestro cerebro más primitivo) que estimulan una respuesta rápida. Es por ello que este tipo de noticias tiene un 70% más probabilidades de ser compartida que una información verdadera. Estamos programados para recordar una información negativa antes que una positiva, y las noticias reales lo que nos genera es confianza, alegría o tristeza (más moderadas), frente al miedo y la ira de las noticias falsas.

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Ilustración de Frederick Burr Opper en 1894

Es común que los partidos políticos, en sus discursos, pretendan precisamente movilizar y gestionar estas emociones entre los electores, ya sea el miedo (más propio de los partidos en el poder) o la ira (recurso de los partidos en la oposición).

Posverdad y periodismo

Con la posverdad  la contrastación empírica es menos relevante que las creencias y las emociones que generan éstas, la objetividad importa mucho menos que lo que sea que se afirme encaje con nuestras creencias. En esta disonancia cognitiva, cuando la realidad choca con nuestro sistema de creencias, elegimos manipular la realidad para mantener dicho sistema tal y como está.

Además de la posverdad, también se ha extendido el uso del término hechos alternativos. Básicamente son mentiras, pero con un importante matiz. Los hechos alternativos tienen detrás un potente aparato mediático y propagandístico que los respalda y que hará todo lo posible por hacer que esas patrañas parezcan explicar la realidad, o al menos, que no parezcan mentiras. Para que algo sea un hecho alternativo necesita algo que le de impulso y le permita generar un discurso paralelo.

Hasta hace un par de décadas, la forma más habitual de alterar una narrativa era el spin o cortina de humo, encontrar una forma de desviar la atención sobre algo incómodo, contar otra historia, vender un mensaje distinto con su propia carga de verdad. Ahora, por el contrario, estamos en una guerra contra los hechos, donde en los principales modos de acceso a la información no se diferencia entre veracidad y mentira en los titulares.

Como hemos visto antes, el pensamiento automático es inconsciente y rápido, fácil y nos permite ahorrar energía. Es necesario hacer un esfuerzo consciente para saltar los automatismos del cerebro, abandonar el pensamiento perezoso, pues mientras más ociosa esté nuestra mente más creerá en las noticias falsas. El problema radica en que las redes sociales se utilizan para pasar el rato, entretenerse y se consumen las noticias de forma superficial. Esto las hace ideales caldos de cultivo de bulos, y ocasionan que las patrañas viajen mucho más rápido y lleguen más lejos que la verdad.

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La confianza es imprescindible cuando está claro que no podemos fiarnos de nosotros mismos.

Cuanto más se repite una falsedad, más se extiende y se inserta en el pensamiento colectivo. Y es en los medios donde continuamente se repiten estas patrañas (ya sea forma más intencionada o menos), medios quienes tienden a repetir los bulos en sus titulares al limitarse al transcribir declaraciones sin contrastarlas. Pero el problema es mayor, pues incluso en los desmentidos se conserva el bulo original, y por mera repetición el cerebro se va familiarizando con el bulo. Cualquier mentira puede dar paso a un discurso válido sobre lo que ocurre en la realidad, siempre y cuando los altavoces por los que se transmiten sean lo suficientemente potentes.

Y de este modo se destruye la única herramienta que tenemos los seres humanos para superar nuestras limitaciones psicológicas respecto a la verdad: la confianza. Los efectos perjudiciales de la posverdad, de esta guerra contra los hechos, de las fake news, patrañas e historias alternativas, van desde el aumento del cinismo y la apatía entre los ciudadanos hasta el fomento de la radicalización y la polarización social más beligerante.

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